viernes, 15 de noviembre de 2019

La entrevista

Acepto que me elijas y me sueltes,
que la felicidad sea un disparo,
lo que dure este momento.

 Marwan ©





Era tan temprano que apenas podía creer que hubiera dormido algo después de acostarme tan tarde.


        Planear la presentación para el nuevo cliente me había llevado más tiempo de lo que pensaba y mis amigos virtuales no me dejaban ir, anoche estaban eufóricos por la fiesta.



 

       Entré a la ducha con la intención de quitarme de encima como mínimo el hecho de parecer una zombie recién convertida. Agua demasiado caliente.

     Casi mejor más tibia para despertarme del todo. No tenía demasiado tiempo para entretenerme bajo el agua, suele ser mi lugar predilecto para dar rienda suelta a mi imaginación de "estoy soltera porque quiero estarlo...".

           Pero siempre me ocurre lo mismo, cuando ya el jabón empieza a resbalarme por la piel pierdo toda credibilidad conmigo misma cuando me digo que no tengo tiempo para juegos. Y digo yo.... ¿desde cuando el tiempo me ha impedido disfrutar de mi cuerpo?. Si de algo me he enorgullecido siempre ha sido de saber conocerme, de saber lo que necesitaba en todo momento.


        Ya era demasiado tarde para pensar, mi mano ya se había dirigido hasta mi pecho y mis pezones empezaban a ponerse más y más duros por segundos.
Me encanta la sensación de pellizcarlos y llegar al extremo del dolor sabiendo cuando parar para no dañarlos. Mi otra mano me sujetaba a la pared porque conozco mis reacciones y sé que si me excito demasiado, por alguna razón que no acabo de entender, mis piernas tiemblan tanto que las rodillas flaquean y sinceramente, volver a tener un moratón en el muslo como el que tuve después del último "temblor mortal por efecto orgásmico" no me apetecía lo mas mínimo.


        Notaba que la humedad entre mis muslos no era precisamente por el agua del grifo, y saberme tan excitada me daba una sensación de poder sobre mí misma que me gustaba mucho.

      Mis dedos encontraron rápidamente el centro de mis ganas, mi sexo humedecido me pedía a gritos que lo rozara y acariciara con fuerza y seguridad.

Empecé a jadear y a respirar fuerte.

El agua y el vaho que se formaban a mi alrededor me impedía tener plena conciencia y me llevaban a pensar en una sauna repleta de turcos guapos esperando una sola señal mía para atacar.

"Debería controlar mi imaginación", acerté a pensar.

Seguí acariciándome  con mis dedos que se movían cada vez más deprisa.
Quería más.

Agarré aquello que tanto nos gusta a las mujeres pero pocas nos atrevemos a confesar: la alcachofa de la ducha.

El agua tenía una temperatura agradable, ni muy caliente ni muy fría y comencé a hacer subir el agua por mis muslos, empapé mis pechos, los pezones se pusieron aún más duros y erectos.

El agua bajaba y llegó hasta el punto donde ni mi imaginación ni mis manos cabían ya. Sólo el agua, mi sexo excitado y el tiempo que hacía que no dejaba mi mente en blanco durante diez minutos de placer y autosalvajismo.

El chorro de aquella ducha tenía la justa presión para que con solo dejarla caer sobre mi clítoris unos minutos me llevaran al orgasmo que como había intuido hizo que mis piernas flaquearan y tuviera que agarrarme a la pared fuertemente mientras mis jadeos seguramente despertaron otra vez a la abuela que vivía sobre mi apartamento.

Salgo del baño mirando cada reloj de la casa y empezando a dar pasitos mas rápidos cada vez. Odio llegar tarde.

Genial.

Atasco en la carretera y el taxista que no deja de mirarme el escote por el espejo retrovisor. A cualquier mujer le encantan esas cosas, y quien diga lo contrario, miente. Si no fuera así, no nos lo pondríamos sabiendo que van a mirarlo como si fuera la primera vez que ven uno.

La primera entrevista es tal como lo había planeado. Después de ver el curriculum un par de veces supe incluso de qué manera vendría vestida la mujer que supuestamente era una fiera en contabilidad pero escribía "personalida" en su carta de presentación.

Después de una presentación agotadora, llega el turno de las entrevistas de nueva contratación. Cosa que no me concierne a mi pero el jefe de personal ha decidido que hoy no está de ánimos para soportar horas y horas de curriculums inútiles y se ha puesto enfermo precisamente en viernes.



           La mujer que se hacía pasar por Pitagoras se pone tan nerviosa ante mis preguntas sobre contabilidad que no deja de sacarse hilitos del bajo de su falda y mientras me evita la mirada pienso que cuando salga de mi despacho seguramente se haya convertido en una falda tubo en lugar de la mini que llevaba cuando llegó. Supongo que para sacar del apuro a departamento de impagados podría valer.

Suena el teléfono y al otro lado de la línea tengo a Mayte, esa compañera inseparable que todos tenemos en algún momento del día y que me dice que es hora de ir a engordar como cerdas en el Rodilla de la esquina del edificio.



         A tope, para variar, ese local se llena de ejecutivos, princesas de Zara y Carolina Herrera, principiantes en el mundo laboral de guerras oficinistas y demás especímenes de la jungla urbana. Conseguimos una mesa para las dos y a poco debemos coger una pertiga para llegar hasta ella con nuestras bandejas y el café correspondiente que necesitaba para poder seguir reaccionando.

       Después de unos momentos de charla, la vista se me va hasta una mesa al fondo del local. Me llama la atención el color rojo pasión de una corbata que sobre una camisa demasiado blanca es completamente imposible de no ver. Me fijo en que el traje que complementa toda aquella perfecta estructura es de los más novedosos en la moda italiana en lo que se refiere a ejecutivos y hombres de negocios.

        ¿Sabéis esa sensación de cuando te sientes observada y no sabes por donde te atacan? Exactamente esa fue la sensación que tuve, solo que rápidamente supe de donde venía todo aquello porque sobre la corbata roja, los ojos de aquel chico me miraban fijamente, sin dudar lo más mínimo y es como si quisiera hablarme con la mirada, diciendo que no solo las chispas acababan de saltar, sino que casi se había producido un incendio entre su mesa y la mía.

           Mayte me hablaba y hablaba y no sabía de qué estaba esta vez quejándose porque no podía dejar de mirar a ese chico ni pensar en como iba a saber más de él, necesitaba saber mucho más de el.

            Me sonríe, me dice con la sonrisa que me ha visto bien, que ha observado cada movimiento mío y al parecer le gusta porque hace un gesto con la cabeza que podría ser un saludo cortés como podría ser el ofrecimiento de un rato sexual absolutamente guarro e indecente en cualquier parte.

        Mi cerebro no sabe cual de las dos opciones le gusta más, pero mi cuerpo reza para que sea la segunda. A veces tiene vida propia y no responde a orden alguna de mi materia gris.
Le veo escribir algo en una servilleta, "¿donde he visto eso antes?", pienso, y Mayte sigue y sigue con su bla bla bla.

                Se levanta y no puedo creer que sea tan alto, no lo parecía cuando estaba sentado, pero me alegro que así sea, mucho mejor. Lo que no llego a entender en ese momento es el por qué se mete entre las mesas revueltas, sorteando bandejas sucias para no mancharse, procurando no pisar el abrigo de aquella señora que lo ha dejado medio tirado en la silla, cuando puede pasar por el estrecho aunque más cómodo pasillo que le llevará hasta la puerta de salida.

        Solo cuando está a menos de diez centímetros de mi entiendo que si no hubiera pasado por entre las mesas no me habría podido dar discretamente la servilleta en la que minutos antes había escrito: "Parking del edificio, plaza F215, segunda planta. En digamos... ¿diez minutos?"

       Leo la nota bajo la atenta mirada de Mayte que se ha quedado alucinada cuando me ha puesto la servilleta en la mano mirándome fijamente a los ojos y con una media sonrisa que me dice que no puedo decir que no, sencillamente, a esa sonrisa no se le dice que no, sería un pecado hacerlo.



         Miro la hora, aún tengo tres cuartos de hora antes de la siguiente entrevista y es un hombre, seguramente llegue tarde o no se de ni cuenta de mi estado alterado porque voy a encontrarme con un desconocido al que no he podido evitar porque.... porque.... pues porque.... En fin.

         Busco la plaza F215 y cuando la diviso a unas tres plazas más allá empiezo a dudar si quedarme o salir corriendo.Supongo que mis tacones han avisado a "Don corbata discreta" porque veo abrirse la puerta del coche y de él, su sonrisa vuelve a llamarme.


© MaRía









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