viernes, 18 de marzo de 2016

El Pianista


Suave es la bella como si música y madera,
ágata, telas, trigo, duraznos transparentes,
hubieran erigido la fugitiva estatua.
Hacia la ola dirige su contraria frescura.

El mar moja bruñidos pies copiados
a la forma recién trabajada en la arena
y es ahora su fuego femenino de rosa
una sola burbuja que el sol y el mar combaten.

Ay, que nada te toque sino la sal del frío!
Que ni el amor destruya la primavera intacta.
Hermosa, reverbero de la indeleble espuma,

deja que tus caderas impongan en el agua
una medida nueva de cisne o de nenúfar
y navegue tu estatua por el cristal eterno.

Pablo Neruda, Soneto X


       Desde niña quiso sentarse  frente a las teclas de un piano y acariciarlas hasta llegar a quedar incluso dormida.

      Veía desde su  ventana las salas del conservatorio y aquellos enormes pianos eran tocados por profesores prodigiosos y alumnos de todas las edades, ansiosos como ella  de aprender y componer esas melodías que desde lejos y muy levemente llegaban hasta su  ventana.

      Sus  padres tardaron mucho en entender que lo suyo  era más que curiosidad, que no pasaba horas tras los cristales observando por ser una niña demasiado callada, sino que todas esas horas eran para observar cada una de las teclas de los instrumentos que tan preciosos le parecían, no perder detalle de las clases que se daban aunque no pudiera escuchar las explicaciones, pero si veía los movimientos de las manos, los dedos y casi intuía lo que se estaba tocando y explicando.

        Cuando logró  hacérselo entender a base de mucho insistir decidieron que si tanto amaba esa música, si tal era su ansia por aprender no tendrían más remedio que dar su consentimiento para que tomara clases particulares. Entrar en el conservatorio era muy difícil, costoso y ella  ya tenía 18 años, así que lo mejor eran esas clases privadas en casa de un profesor que vivía muy cerca y ofrecía sus clases en anuncios de periódicos y carteles por la calle.

          Había coleccionado recortes de esos anuncios durante años sin darse  cuenta y cuando encontró una caja llena de papeles, teléfonos y trocitos de papel de periódicos anunciando las clases de piano se echó  a reír pensando que por fín aprendería a tocar...

             La noche anterior a su  primera clase apenas pudo dormir, estaba nerviosa, demasiado como para perder el tiempo durmiendo, quería ver el libro de notas que había comprado, un libro con partituras conocidas, leía biografías de compositores, le  fascinaban sus vidas, eran unos auténticos genios pero tan alocados algunos que la  hacían reír leyendo sus anécdotas.

       Al entrar en aquella planta baja le  sorprendió el estilo en que estaba situado todo, muebles, instrumentos varios, incluso el color de las paredes con tonos muy suaves y agradables.
Hasta la mujer que me abrió la puerta le  pareció sumamente agradable y le dio muy buenas vibraciones.

-Hola guapa, te está esperando ya, porque tu eres Luci ¿verdad?

         La dulzura con la que hablaba y la mirada de esa mujer le  dieron unas ganas enormes de abrazarla, ni siquiera  sabía por qué, pero era el primer impulso que sintió  al escucharla.

       La hizo pasar al salón sin dejar de hablar muy animada, sobre la alegría que le daba que Sebastian volviera a tener alumnos.


-Hace tanto que esta casa está en silencio...- decía mientras iba de un lado a otro del salón colocando y descolocando cientos de miniaturas de cristal tallado.

Dejó   de escucharla por un momento a pesar de que seguía hablando, "hace tanto que esta casa está en silencio...", pensaba en esas palabras que se agolpaban de repente en su  cabeza y extrañada se  preguntaba como un pianista podía pasar mucho tiempo sin tocar. No conseguía entenderlo.

-¿Luci?

    Un sobresalto le  devolvió al mundo real cuando Dori la  llamó por segunda vez desde la puerta que daba al pasillo. La  miraba expectante, parecía que se hubiera dado cuenta de que no la escuchaba y pensaba en otra cosa.

-Disculpe señora....

-Dori preciosa, llámame Dori.

Aquello la  hizo sonreír, parecía increíble pero parte de sus  nervios habían desaparecido y se sintió  más cómoda.

Dori le  dijo que la siguiera y abrió una de las puertas del pasillo; realmente era una casa muy grande, pero acogedora a su vez.

-Pasa y cierra la puerta bonita, así no oirás mis canturreos mientras apaño un poco todo eso. Mi Sebastian es un cielo pero un tanto desordenado, como todos los genios, ¿no?

      Le escuchó  reír con alegría mientras se alejaba de nuevo hacia el salón.Sonriendo entró  en la habitación y de repente la seriedad se marcó de nuevo en su cara, al verle de pie en mitad del cuarto, junto a un precioso piano negro de acabados limpios y elegantes.

Sostenía entre sus manos unas partituras y las miraba con atención pasando de una a otra.

-Cierra la puerta por favor- le escuchó  decir pero no reaccionó  se quedó  de pié mirando sus manos, increiblemente cuidadas, preciosas. De lejos se podía incluso rozar su suavidad.

          No eran grandes pero tampoco pequeñas, eran perfectas. El pelo le caía ligeramente sobre los ojos, no lo tenía largo pero si lo suficiente como para poder perderse en él durante horas enredándolos en los dedos.

       Su altura le  impactó, de complexión fuerte pero sorprendentemente su mirada era profunda, penetrante y a su vez tan... Debería decir dulce o tierna pero era algo que aún hoy no ha sabido describir con exactitud.

     Cuando levantó la mirada iba a decirle  algo que supuso  sería repetirle  que cerrase la puerta, puesto que no le había hecho el mínimo caso y seguía allí paralizada mirándole.Pero no dijo nada, volvió a unir sus labios y se quedó mirándola  fijamente a los ojos durante unos segundos.

      Finalmente se decidió a cerrar la puerta el mismo, pasando a escasos centímetros de ella y dejando que su olor la  devolviera de nuevo a la realidad haciéndola  reaccionar.

       Era un olor dulce, agradable, que invitaba a acercarse un poco más a el pero era incapaz de hacerlo en esos momentos.



Continuará
 Besitos  y feliz Semana Santa 
MaRía

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